¿Cómo vive nuestro corazón la experiencia a volar?

El corazón de una persona no deja de latir a toda velocidad desde que entra en un aeropuerto. Y esa aceleración es debida a ciertos factores: la primera comienza desde las prisas por encontrar el mostrador de facturación, acto seguido, facturar lo deseado o no facturar absolutamente nada, y que te obligan a facturarlo todo; así mismo, obtener el asiento perfecto, aquel que se ajuste a tus necesidades; después pasar el control de seguridad, x acceso al avión lo más rápido, poder colocar las maletas de mano dentro del avión y que no te las envíen a la bodega.

Una vez pasado esto, el corazón sigue sin parar, por el nerviosismos del despegue, por aquellos instantes de turbulencias, y aun mayor es ese nervio, por el miedo al aterrizaje, y nuevamente salir raído del avión, obtener tus maletas, caminar y encontrar la banda donde hay que recogerlas, que lleguen todas, después marcharte y por fin llegar al destino final.

Lo más curioso de este asunto, es que lo que menos nos altera es el viaje en si. Ya que todo lo anterior refleja la importancia que le damos a nuestras posesiones, ejemplo de ello la necesidad de poder colocar tu maleta de mano no solo dentro del avión o dentro de un compartimiento, sino esa sensación de querer tenerla encima de nuestra cabeza.


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